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Mi Quijote (El Quijote de Passofinno)

Al Duque de Extremadura, Conde de Badajoz, simiente de Madrid: Sir Paco Marshall, comisario insigne de Linkara City.
En fe del buen acogimiento y honra de vuestra excelencia, pongo a buenos ojos, abrigo y protección y a posterior análisis, criterio y reputada prudencia, estas letras; para que a su buen menester, sea -sí o no-  recomendadas leer a los carísimos navegantes de la Internet.

En un lugar de La Mancha, de cuyo nombre si me acuerdo y el cual es: Argamasilla de Alba, en la provincia de Ciudad Real, nace en una cueva, anexa como cárcel en el caserón Manchego de los Medrano, Alonso Quijano.
Las manos que asistieron su parto, tenían en sus dedos manchas de carboncillo y tinta; un orillo ribeteaba las uñas de colores negros-azulados, otras manos más pulcras y limpias jamás lo hubieran hecho, si así lo hubiese, el personaje habría sido nonato.

Lo que primero vieron sus ojos fueron los barrotes de arrabio en la celda de su osado creador, ahora juntamente de dos pero, que no refrenarán su hazaña de vida y buena fama; él se impregnará de ellas para forjar su carácter, bien ventura y el temple de sus palabras, que como buen hidalgo, requiebro en virtudes, fino talante, discreto gallardo, es hijo del entendimiento. Nunca molinos de viento lo harán detener al cabalgar en su sinrazón de la razón y menos aún, asustarán su rematado juicio, perros que ladren. Cada cosa engendra su semejanza.

Don Miguel de Cervantes y Saavedra está desesperado (es muy común que el que escribe se irrite cuando está encerrado en contra de su voluntad), en voz baja murmura trance entre dientes:

" - ...¿Y que podría engendrar el estéril y mal cultivado ingenio mío, sino la historia de un hijo seco, como quién se engendró en una cárcel donde toda incomodidad tiene su asiento y donde todo triste ruido hace su habitación ? ... -"

Da varios pasos largos, son ocho hacia adelante, seis hacia un lado, son las trazas y modos con los que siempre ha medido el tamaño del espacio que lo tiene preso; el retablo de la infamia como lo llama él, donde el entremés es irónico y burlesco.

El recién nacido tiene hambre, tiene sed; y él sólo tiene cerca de la estera, dos rodajas de abadejo y un cuartillo del bálsamo de Fierabrás -no aconsejable para alimentar a un crío- y que además está hecho de vino tinto de mala cosecha. Lo arrulla contra su pecho arropándolo en papel, no se calma y so pena, teme que si llora lo delaté el bebé, y opta -para despistar al enemigo- mecerlo en cuna anidada de esparto y pergaminos, a lo que el recién nacido que nació entendido, obediente accede a su padre el sueño que necesita para criarlo al escondido.
La guarda de alcabalas da la ronda, no sospecha ni imagina, ni por la mente les pasa que un pobre manco veterano de Lepanto tenga ya manos peligrosas.
-¡Non fuyades viles cobardes!- Les dice desde la esquina de su silencio cuando orondos los ve pasar con sus rodelas.
Ansí es que ya después de algún tiempo la libertad les puso pies en polvorosa. Don Miguel urge al bautizo, donde a su hijo mejor, nombre mas sonoro y menos complejo debe dar:
-¡Quijote te has de llamar!- Y deciden en común acuerdo, porque es sabido y ya no es secreto que además de entendido haber nacido (como caso curioso), también el ahora llamado Quijote nació viejo: frisando algo más de los cincuenta, de complexión recia, enjuto, madrugador y de triste figura que le ha de agorar ser andante peregrino.

Como regalo de sacramento, su padre, ante todo primero, para sacarle -por si las moscas- las malas simientes, le graban con su pluma en la frente estas palabras :
"No ha sido otro mi deseo que poner en aborrecimiento de los hombres las fingidas y disparatadas historias de los libros de caballerías"

Pero el Quijote después de está marca, sintiéndose bendecido, le aumenta al nombre el de La Mancha anteponiéndose el Don. Y, es así que como todo buen hijo hace caso omiso del consejo de su padre y, en los días de claro en claro, y de turbio en turbio, se alimenta de todos los libros que encuentra de caballerías y a vasos dobles se vuelve un beodo de traga tintas hasta secar los sesos.

De esta mal costumbre advertida, en Don Quijote de La Mancha va naciendo una exaltación en desaforadas medidas en lo que hoy podemos llamar como una locura divina; idealismo puro donde la imaginación es más fuerte que la voluntad y la realidad se postra a los pies de la fantasía.

Lanza en ristre de astillero va en busca de su nuevo título: ¡Caballero tiene que ser!
Amada Dulcinea para casto enamorado, y fiel escudero Sancho Panza bañado en realismo para su bien o su mal, toparán en el camino. Un noble táparo rocín supuesto heredero de Babieca, a quién de nombre pondrá el musical de Rocinante, lo llevará con los pies altos del suelo más allá de los campos de Montiel. De mil y una aventuras, donde el miedo no ha conocido, en donaires concebido, vendrá derrotado mas no vencido. Y, cuando a lindezas desmedidas, su silencio y misterio por algunos años como el Jesús del Evangelio, un tal Alonso Fernández de Avellaneda (que de bueno sólo tiene de primer nombre ser tocayo), ofenda, deseándolo reemplazar con otro falso hijo apócrifo... se levantarán Don Miguel y el viejo Hidalgo como el ave Fénix de las cenizas, y al impostor pondrán a recaudo del olvido.

Vuelve Don Quijote de la Mancha por las rutas de su gloria. Armadura y cabalgadura, escudero, adarga, lanza, espada y postura se llenan de cicatrices.
Otro tal Sansón Carrasco a quién le llaman el Bachiller, Caballero de Los Espejos, Caballero de La Blanca Luna; le vence en batalla dicen las escrituras, pero lo que nos enseña la historia es que el Bachiller fue otro tanto de los derrotados porque su nombre no está escrito en alabastros con dísticos acompañamientos como lo está escrito el del Caballero de la Triste Figura...

Un 23 de Abril de 1.616, en el último suspiro donde nuevamente impera la razón; de un sólo aliento Don Quijote se traga a su progenitor, y es ahí, donde en una mutua agonía nace el día del idioma y; Padre, Hijo y Libro se trasfiguran en la Santísima Trinidad de la Literatura Universal. Un dogma más sin principios Tomasinos.

Sólo me resta decirles, exento de apología a la pereza intelectual, que al Quijote no hay necesidad de leerlo, porque a cada quién a través de los siglos se le ha trasmutado en su memoria genética. Pero, nunca está demás para el contento y ejercicio del cerebro, al leer sus páginas bailar con las fecundas Musas, que te harán recordar que por estética y salud mental no es bueno tener en el olvido a la memoria del Ingenioso Hidalgo, Don Quijote de La Mancha.

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