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martes, 28 de febrero de 2017

El reloj de arena

(Dibujo: Passofinno)

"Ya no es de noche y aún no es de día"
Así comenzó ese día, como un verso de Borges... Tenía algo distinto a los demás, lo bizarro y disfuncional marcó cada segundo como si fuera un producto terminado en alguna factoría. Ellos estaban perfectos, el defecto estaba en el empaque.
Al amanecer, ningún galló cantó, y a Freya se le olvidó rociar con su brisa la mañana. Amagó la  lluvia por un instante, pero el sol empujó bruscamente las nubes negras apartándolas más allá del horizonte.
El día siguió claro hasta su mitad, pero las horas lentas fue lo mas raro, no tenían afán de partirlo en dos.
Yo nunca me programo, y no me comprometo con nada ni con nadie pero sé muy bien que somos esclavos del tiempo y, por más  planes que se hagan, el plan de Dios o del destino o del que así los hace, nos tiene -se quiera o no- planillados. Leimotiv debe llamarse esa maroma del sino, hados malignos o begninos, es lo que hay que comprobar.
¿Qué tiene el tiempo que aún siendo invisible se le notan las arrugas y aún con arrugas se le note que es más joven? Lo nuevo y lo viejo no le hacen mella, está ahí como el Zahir eterno, le luce lo vintage. A veces creo que el tiempo es Dios.

La noche fue llegando a trastabillones como si hubiera cogido la tarde a patadas. Las nubes negras se ven bien en los crepúsculos, los hacen más sublimes; pero estos ocasos tampoco las quisieron. La lluvia que no llegó se fue con su intento de garúa para otra parte ¡Vaya Dios a saber a dónde! De pronto, creo yo, -a cagar al atrio- como decía mi abuelita.
Sin citarnos, allí estábamos reunidos en la sala con los que fueron llegando. Unos trajeron sombrilla, ushanka y hasta gabán; no faltaron los de librea, otros vinieron informales. Alguno con bastón y muy elegante, una con botas de montar. Aquél quien tenía en la mano una copa y otro más con guayabera y tres puntá.
La decisión fue dejar la puerta abierta para que entrara todo aquél que le diera la gana. No hubo cama para tanta gente pero -aunque apretaditos- pudimos caber en el sofá.
Acomodarse no fue fácil, todos queríamos estar en el Aleph por el que peléabamos, pero el viejito elegante y con ojos de sombra nos ganó -Es por derecho propio- dijo él, mientras se sentaba sin soltar el bastón y se reía sin mostar su sonrisa en los labios, se burlaba de todos, me imagino también que por derecho propio. Yo callé, y aunque estaban en mi casa siempre he tenido por ley no discutir con el que más sabe.

-Somos los que somos, a los que sobren, uno a uno nos los iremos tragando- Dijo el de la copa en la mano, se alisó el bozo y se tomó otro escocés que le ardió en las entrañas como a Moloch.
-¡Derecho de pernada!- Gritó el rey de la noche de los feos, insistiendo en ser él en tragarse el primero. El de la copa en la mano dijo que -Bien- que para eructar no había prisa. Los demás estuvimos de acuerdo, y sin levantar polémica ni desviarnos del tema a tratar, brindamos con tinta y sangre para que esa noche los dioses no fueran avaros.
Cuando el pasado se fue a fornicar -en un menage a trois- con la mañana y la tarde, el presente comenzó a rodar. Un punto ciego ocultó sus pecados. El tiempo y su día raro nos lo fuimos saboreando como si fuera un vino añejo.

-¡Qué la gente de antes, en promedio vivían menos años!-
-¡Qué los del siglo pasado escasamente llegaban a los setenta!-
-¡Qué con dificultad, a los 40 o 50 años en el Renacimiento!-
-¡Qué en los días de la Héjira o en los de Gilgamesh, llegar a los 30 era un premio, y qué en la era de Cromagnon, tener 18 años era de afortunados!- Decían los informales mientras iban vomitando conejos blancos; los cuales, como carne de cañon se los iba comiendo un cuervo que llegó en el hombro de la señora de botas y no devota de ningún santo.

Uno de los que estaban, lloraba. Desde que se enamoró por primera vez, su amor nació agónico. Afortunadamente las lágrimas no manchan, pero de tanto llorar -como Egeria- se deshizo en ellas. Igual que al rey Numa, las nubes como pañuelos blancos le dijerón adiós... -¡Chao, chao!-

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