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Hoy habrá un suicidio

(Dibujo: Passofinno)

Siempre se preguntó el porqué los escritores se suicidaban tanto. No encontraba una lógica que justificara ese acto de inmolación. Aunque a él, la idea lo acompañaba como un designio, pero sabía que le faltaba valor o cobardía para hacerlo.
Hay situaciones que inducen a ese hecho. Lo había experimentado en el pensamiento y en uno que otro arrebato de ira o de profunda nostalgia. La tristeza era el Numen para adquirir de lo sublime la valentía que buscaba en lo absurdo, mas el valor se alejaba en cada intento confundiéndose entre el coraje y el temor.
Lo más cerca que estuvo de quitarse la vida, fue el día en que se sintió traicionado por un ideal que le plantó el amor en su tonta razón: Ensayó ahorcarse con un lazo, pero se enredó con el nudo que ni apretaba ni aflojaba al entrar en su cabeza. Eso fue en horas de la mañana, en el árbol de mango que aún está en el solar de su casa. Por la tarde quiso cortase las venas, pero el pánico que le produjo la cuchilla Gillette en las manos le causó un temblor, impidiéndole cumplir lo pactado con su sinrazón. En la noche estaba más decidido, el desengaño unido al desencanto le mostraban una realidad que no era compatible con su belicoso carácter. Ese suceso le taladraba en su mente, diciéndole a todo instante que las imágenes de la felonía estarían grabadas noche y día hasta el final. Sus sueños de hoy en adelante no serían igual; el dolor, la rabia, la impotencia de borrar el pasado y volverlo a construir a su manera le impedirían ser feliz, o al menos le pertubarían los momentos en sus espacios cada vez que pensara en ello.

Esa noche, de ese mismo día encontró la solución: se quitaría la vida con una sobredosis de anfetaminas y barbitúricos. Una Seconal, seis Diazepam de 10mg, varias Daprisal; y toda vez que pudiera en el trascurso de esa noche le sumaría gotas de Sinogan a cada ingesta de licor o cerveza. Una fórmula que no fallaría.

Lo que no le falló fue la ida a la policlínica, donde lo llevaron unos samaritanos que se condolieron al verlo todo aporreado y maltrecho por la locura a la que se expuso en su intento de suicidio. Cuentan que se agarró de un poste de la luz y se daba de totazos contra él hasta romperse la frente, la nariz y llenarse de moretones todo el rostro. Parecía un nazareno cuando salió del hospital, el morado violeta con el que le habían hecho las curaciones se confundía con el mismo color de las hinchazones.
Lo cierto fue que el suicidio no se logró y solo se ganó una indigestión y una indisposición por muchos días, pero lo que más le dolió es que no hubiera desaparecido con tantos golpes en su cabeza la amargura que sentía de haber perdido en el juego del amor. Un nuevo karma negro se sumó a su ya larga cadena de infortunios. Estaba condenado a fracasar pero aún creía que no, por eso no entendía el porqué tantos poetas se suicidaban, no encontraba aún la plena decisión que concebían al hacerlo.

Me dijo, cuando supo que lo nombraría en esta historia, que a él no le gustaría que escribiera su nombre, que si hacia falta lo llamara Don Nadie, al fin y al cabo eso es lo que siempre ha sido, un don nadie.

He buscado el cómo seguir con este relato, no debo utilizar tantos lugares comunes ni frases tan gastadas como aquellas de: "Erase una vez", "Un día que", "había una vez", etc etc etc, pero no he podido descubrir la más adecuada, y temo que si espero demasiado y ensayo sin descanso una que otra, me pasará lo que le pasa a la sopa que de tanto aliñarla, lo más seguro es que agüé o se pase o se vinagre.
Cierto es que Don Nadie, se fue desilusionando calle por calle dejando sus huellas invisibles en cada paso, las marcaba tan fino que fueron perdiendo el eco. Se acostumbró a las burlas por la espalda, a los señalamientos que intuía, a los cuchicheos de los malintencionados y a toda clase de oprobios que ninguno era capaz de hacérselos de frente. Sabía que todos eran tan cobardes como él, la diferencia estaba en que él lo disimulaba mejor que los demás.

Un día -que sonó igual a esta frase de dos palabras que utilizo para comenzar este parráfo: común y repetitiva, como de un cuento de hadas o de espantos- ocurrió la serendipia que lo conduciría a descubrir por qué el Carpe Diem de los poetas toca fondo cuando no debe hacerlo. Siendo un día para vivirlo, deciden quitarse la vida.

Ya habían pasado varios años. La idea de la oblación, como los malos sueños, y tanto los fracasos como las derrotas, no habían desentonando en su trasegar por estos rumbos que le llaman vida. trabajó sin descanso por mucho tiempo. En sus años de juventud hizo de pandillero, robaba baratijas y cualquier cosa que pudiera venderse para sostener sus vicios. Una que otra vez, navaja, cuchillo o revólver en mano, atracaba en compañía de los bandidos del momento, con los que en muchas ocasiones estuvo preso. En otras tantas, festejó su gloria cuando la cosas mal hechas le salían bien: fiestas y derroche fueron bacanales, pero al tercer o cuarto día el hambre era el mismoy la ansiedad no daba espera. El círculo vicioso donde el diablo se revuelca no tiene descanso, es un uróboros que traza líneas y curvas donde la asíntota es la regla general.

Fue ayudante de latonería y pintura cuando logró salir de algo más que lo decepcionó. Empezó a encontrar en el trabajo honesto una forma de hacer de la rutina mejores aventuras. Disfrutó de los fragores de los martillos de enderezar, eran como música en redoble de tambores acompañando a los valientes que van a la guerra. La pistola de aire con la que pintaba los autos reparados sonaba como si fuera una M-60, escupía ráfagas de laca y esmalte haciendo obras de arte. El robo y el pillaje no lo harían rico, y así descubrió que la felicidad estaba en la tranquilidad que le daba su realismo mágico. Poder andar por las calles, tomar un trago en un bar o beber un café sin preocupaciones de enemigos o venganzas, era realmente la riqueza a la que debía aspirar.
Pero también, el poder adquirir ese estado de serenidad que estba experimentando en una nube rosa, traería su grado de sacrificio. nada es gratis, incluso las cosas espirituales tienen un alto precio de dolor y de angustia, son los crisoles que arden para fortalecer el material del que habla la Biblia. El fuego debe templar el carácter para que el llanto se esconda.
El trabajo fue haciéndose monótono, le daba con que vivir y sostener su hogar, pero había algo más que deseaba con el alma, y esta labor que realizaba día a día para ganar el pan no era la tarea que tenía que cumplir al destino. Sentía que se robaba a si mismo el tiempo, que no podía leer por el cansancio y menos aún el escribir como soñaba hacerlo desde niño. Un talento le había sido dado, y si no lo realizaba era verificar lo que dicen los sabios: que el talento perdido es el mejor camino a los infiernos.
Por fin se convenció, y el día llegó en el que echó todo a los mismos infiernos donde tanto tiempo había pasado. Para estar tranquilo en su propio cielo aprendió de su averno.
No volvió a trabajar, o mejor dicho, Don Nadie no volvió a recibir sueldo alguno, menos aún una paga por contrato o servicios prestados. por su mala administración de la vida, donde utilizó más corazón que razón, nunca pensó en una pensión, ni ahorró peso alguno pero se arriesgó:
-¡Alea iacta est!- Dijo y se persignó al revés
-¡Stultorum infinitus est numerus! - Dijeron los otros que no estuvieron de acuerdo.

Papel, lápiz, ordenador y hasta un portátil pudo conseguir con la benevolencia de los que tanto le criticaban. Ya tenía la Biblioteca Universal -de la que tanto hablaba Borges- en un cuarto de dos por dos, una pieza en su antigua casa a donde volvió para deshacer sus pasos. El árbol de mango lo recibió como si fuera un fantasma, pero el ectoplasma no era él, quizá pronto lo podría ser.
Llamó a ese estrecho lugar La Tumba porque el calor y los zancudos no se alejaban, picaban que daba miedo como queriendo espantar al intruso que llegaba con sus tecleos y arranques de prepotencia y pedantería, característica en todos los viejos cacrecos o jóvenes pendejos que se la dan de intelectuales. Un ventilador fue necesario, que empezó a consumir y sumarse a lo gastos con los que no podía cumplir. El que no trabaja ni paja come, y el escribir no es considerado un trabajo aunque se tenga que crear hasta dormido porque los sueños se convierten en parte de los textos. Dice un sabio escritor que: "Hay una tendencia a creer que quien lee o escribe un libro es porque nada tiene que hacer". Veinticuatro horas al día se está ocupado, y no es suficiente. Todos los músculos están siempre tensos; física, mental y espiritual el cansancio es trifásico ¡y no es calificado como un oficio!

Escribir es para holgazanes, le gritaban; la cantaleta era tanta que ni podía concentrarse. Las palabras se enquistaban en sus renglones como temiendo caerse de las páginas. Toda manifestación ortográfica se rebelaba, se escondían las tildes, los puntos y comas detenían a los suspensivos, la semántica se degeneraba en lastres sintácticos. Las iras, la imposibilidad y la humillación se batían con lo canicular cuando apagaba el ventilador para ahorrar la luz. Esto y algo más lo fueron apresando, cuando se dio cuenta que para escribir se requería de algo más que verraquera.
Preparación, estudio y disciplina fueron lo que no hizo en su juventud. Los descaches en la adultez, la pereza intelectual, el trabajo para ganar el pan se llevaron el tiempo que necesitó para cumplir con su obra, intentarlo ahora era como ir contra el viento.
El camino al infierno le espera, ya tiene poco tiempo. Don Nadie está viejo, tiene un montón de historias, mil reflexiones, unos cuantos axiomas, palabras nuevas que fue inventando para ser gastadas en otros labios; besos que deben estar impresos en las páginas, cuentos que nacieron debajo de las camas, en las alcobas; crónicas que atraparon los ecos detrás de las puertas, nuevos vientos que llegaron del desierto con la voz del que cantó las moaxajas...

Don Nadie no puede escribir, el entorno es su enemigo. es como si al destino le diera miedo de lo que pueda decir. Le impide por todos los medios de que realice su sueño, que sea feliz en medio de sus imaginarios, quiere que la adversidad siga siendo su realidad... Zeitgeist habita en su Aleph.
Don Nadie ya sabe porque se suicidan los escritores, los poetas y hasta los que pretender escribir lo que no deben o no pueden, la impotencia es un cadalso.

Hoy habrá un suicidio.

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