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jueves, 16 de marzo de 2017

Sucedió anoche

 (Dibujo: Passofinno)

Anoche, mientras dormía, tuve una extraña sensación. No puedo descifrar con claridad si fue que desperté o aún seguía dormido y soñando. Lo cierto es que abrí los ojos y el día estaba entre oscuro y claro, intentaba amanecer, pero los rayos del sol no llegaban hasta mi cuarto, se detenían escondidos en algún horizonte.
Sentí, al levantarme, un cosquilleo por mi cuerpo, parecía desprenderse algo.
Empecé a caminar hacia la ventana entreabierta, y logré ver como el cielo y las estrellas -que se apagaban y se encendían sin descanso- se acercaban como si fueran cocuyos iluminando la parte oscura que el sol no lograba resplandecer.
No podía creer lo que estaba viendo, donde estaba era de noche y hacia donde miraba era de día... Mire a la cama y me vi durmiendo, parecía flotar por encima de mi propio cuerpo.
Intenté tocarme, pero mis manos traspasaban mi piel, era como si fuera un fantasma o estuviera en una especie de viaje astral. Antes que tener miedo, sentí una gran curiosidad, quería volar y pude hacerlo. Salí a pie por encima del suelo, pasé por la ventana y al observar hacia abajo vi la calle, seguía volando y estaba arriba de los techos de las otras casas del barrio. Quise llegar hasta donde estaban escondidos los rayos del sol y traer unos cuantos para mi cuarto, y al entrar, encontré regados unos cabellos radiantes como si alguien los hubiera recortado. Los recogí y empuñé en mis manos. Sin tocar el piso di media vuelta, cerré los ojos, y me vi nuevamente entrando a la alcoba. Floté alrededor de la cama, me detuve en el centro, notando como seguía durmiendo profundamente este sueño del que ahora estoy despertando...

No logro descifrar lo que pudo haber pasado, estoy un poco confundido, quiero explicarme lo que sucedió anoche, quizás fue una pesadilla, o un sueño de esos raros donde la realidad y la ficción se dan la mano. Lo que si es extraño son estas pequeñas líneas de oro -como hebras de cabello dorado- que tengo en mis manos...

martes, 28 de febrero de 2017

El reloj de arena

(Dibujo: Passofinno)

"Ya no es de noche y aún no es de día"
Así comenzó ese día, como un verso de Borges... Tenía algo distinto a los demás, lo bizarro y disfuncional marcó cada segundo como si fuera un producto terminado en alguna factoría. Ellos estaban perfectos, el defecto estaba en el empaque.
Al amanecer, ningún galló cantó, y a Freya se le olvidó rociar con su brisa la mañana. Amagó la  lluvia por un instante, pero el sol empujó bruscamente las nubes negras apartándolas más allá del horizonte.
El día siguió claro hasta su mitad, pero las horas lentas fue lo mas raro, no tenían afán de partirlo en dos.
Yo nunca me programo, y no me comprometo con nada ni con nadie pero sé muy bien que somos esclavos del tiempo y, por más  planes que se hagan, el plan de Dios o del destino o del que así los hace, nos tiene -se quiera o no- planillados. Leimotiv debe llamarse esa maroma del sino, hados malignos o begninos, es lo que hay que comprobar.
¿Qué tiene el tiempo que aún siendo invisible se le notan las arrugas y aún con arrugas se le note que es más joven? Lo nuevo y lo viejo no le hacen mella, está ahí como el Zahir eterno, le luce lo vintage. A veces creo que el tiempo es Dios.

La noche fue llegando a trastabillones como si hubiera cogido la tarde a patadas. Las nubes negras se ven bien en los crepúsculos, los hacen más sublimes; pero estos ocasos tampoco las quisieron. La lluvia que no llegó se fue con su intento de garúa para otra parte ¡Vaya Dios a saber a dónde! De pronto, creo yo, -a cagar al atrio- como decía mi abuelita.
Sin citarnos, allí estábamos reunidos en la sala con los que fueron llegando. Unos trajeron sombrilla, ushanka y hasta gabán; no faltaron los de librea, otros vinieron informales. Alguno con bastón y muy elegante, una con botas de montar. Aquél quien tenía en la mano una copa y otro más con guayabera y tres puntá.
La decisión fue dejar la puerta abierta para que entrara todo aquél que le diera la gana. No hubo cama para tanta gente pero -aunque apretaditos- pudimos caber en el sofá.
Acomodarse no fue fácil, todos queríamos estar en el Aleph por el que peléabamos, pero el viejito elegante y con ojos de sombra nos ganó -Es por derecho propio- dijo él, mientras se sentaba sin soltar el bastón y se reía sin mostar su sonrisa en los labios, se burlaba de todos, me imagino también que por derecho propio. Yo callé, y aunque estaban en mi casa siempre he tenido por ley no discutir con el que más sabe.

-Somos los que somos, a los que sobren, uno a uno nos los iremos tragando- Dijo el de la copa en la mano, se alisó el bozo y se tomó otro escocés que le ardió en las entrañas como a Moloch.
-¡Derecho de pernada!- Gritó el rey de la noche de los feos, insistiendo en ser él en tragarse el primero. El de la copa en la mano dijo que -Bien- que para eructar no había prisa. Los demás estuvimos de acuerdo, y sin levantar polémica ni desviarnos del tema a tratar, brindamos con tinta y sangre para que esa noche los dioses no fueran avaros.
Cuando el pasado se fue a fornicar -en un menage a trois- con la mañana y la tarde, el presente comenzó a rodar. Un punto ciego ocultó sus pecados. El tiempo y su día raro nos lo fuimos saboreando como si fuera un vino añejo.

-¡Qué la gente de antes, en promedio vivían menos años!-
-¡Qué los del siglo pasado escasamente llegaban a los setenta!-
-¡Qué con dificultad, a los 40 o 50 años en el Renacimiento!-
-¡Qué en los días de la Héjira o en los de Gilgamesh, llegar a los 30 era un premio, y qué en la era de Cromagnon, tener 18 años era de afortunados!- Decían los informales mientras iban vomitando conejos blancos; los cuales, como carne de cañon se los iba comiendo un cuervo que llegó en el hombro de la señora de botas y no devota de ningún santo.

Uno de los que estaban, lloraba. Desde que se enamoró por primera vez, su amor nació agónico. Afortunadamente las lágrimas no manchan, pero de tanto llorar -como Egeria- se deshizo en ellas. Igual que al rey Numa, las nubes como pañuelos blancos le dijerón adiós... -¡Chao, chao!-

domingo, 5 de febrero de 2017

Carambolo

(Dibujo: Passofinno)

Era un ábrete Sésamo en todo su esplendor, con solo mirar, la imaginación jugaba al conquistador:
Una pluma de avestruz con sus barbas de igual tamaño, en filigrana de oro con un diamante azul como plumilla en el cálamo, y en el raquis escrito el nombre de Maat.
Una jarra de alabastro con las vísceras y los órganos de un antiguo difunto, su color pálido muerto seguía intacto.
Un pabellón de electro en miniatura, que al tocar hace sonar misteriosamente los acordes de una sambuca.
Dos brazaletes dorados con incrustaciones de turquesa que forman una espiral con cabeza y cola de cobra.
Una cadena doble de oro rosado, con cierre decorado en esmeraldas y ocho sellos giratorios que la ciñen.
Un escarabeo que lleva en su laspislázuli un pedacito de cielo.
Siete perlas negras, matizadas con el brillo tenue del inframundo, fijas en el centro de un ostracon tallado en piedra caliza de Tura.
Un gato egipcio, frontal policromado, labrado simétricamente en basalto y atento siempre a la escucha. Tiene incrustado como iris en sus ojos, dos óvalos de ámbar.
Un anacrónico caballo de pasofino, labrado en mármol por un genio; y, otros objetos, como: horquillas de marfil, cuencos de obsidiana llenos de gemas preciosas, lámparas de aceite, varios vasos canopos con agua bendita del sagrado Nilo, una esfinge en platino, amuletos en ópalo y jade, tres cálices de ónice, el libro de los muertos escrito en un papiro con sus conjuros y hechizos...
Haber logrado adquirir esas piezas debió ser hasta temerario. Dicen, que el que lo hizo fue un güaquero que desmoronó media montaña para hallrlo, arriesgando piel y pedazo en cada intento al tratar de sacar de las entrañas el secreto. Tampoco fue fácil conservar una colección tan valiosa a la vista de cualquier vecino, pues estas alhajas se encontraban en un armario arriba del bufete; donde, el que llegaba se encontraba de frente con los misterios de toda una historia. La ambición y la avaricia se dibujaban de inmediato en los ojos de la envidia, no eran pocos los que deseaban -aunque fuera- una sola de esas joyas. Por sus mentes pasaban toda clase de planes y artimañas, solo una cosa los detenía, y era la maldición que protegía de todo caco el tesoro de Carambolo.
La tentación no la controla ni la carne, con el tiempo, uno a uno fueron desapareciendo casi todos los objetos. La codicia fabrica ladrones que no perciben las consecuencias.
El que se robó la jarra anda como un zombi. La pluma de Maat fue despojada por quien se la llevó con el escarabeo, ya está en el averno. La que se adueñó de la cadena, con ella misma se ahorcó en un accidente. El que sustrajo el caballo se convirtió en uno, pero de carreras, corre y corre sin descanso. Y, así, por igual, cada uno tuvo del anatema su condena... Solo falta el gato...
-¡Míau!-




domingo, 4 de diciembre de 2016

Otro día más sin verte...

(Foto:Passofinno)
"Ya, ya no puedo más
Ya me es imposible soportar
Otro día más sin verte..."

Y estás allá
Donde el tirano bebe sangre
Y se adueña de tus días
Para que mis noches sean eternas.

Tu voz ya no escucho
Solo el eco del recuerdo
Suena en mis pesadillas
Y calma la angustia.

El desespero se desborda
Por las líneas de la paciencia.
Como este grito que no escuchas
Como estos llantos sin voz...

¡Ya no puedo más!
Mi cabeza es un tambor de revólver
Las balas están en tu olvido
Los disparos en tu adiós.

Todo orden es mi caos
Los versos sin rima
La cordura en mi locura
Las palabras sin significado.

Otro día más sin verte.

martes, 27 de septiembre de 2016

Entre vacíos

 (Foto: Passofinno)

Todo se torna vacío. No hay preguntas. Cualquier palabra que escucho es como si no tuviera sonido. Nada me llama la atención, hasta los poetas con sus versos me parecen gallinas culecas, son como un cacareo molesto, como si sus pasados pesaran tanto o más que esté presente donde la pedantería es grotesca y vanidosa, trifásica por lo latosa. Ya no hay escritores que valga la pena leer y  están haciendo quedar  en rídiculo a los antiguos, como si no les hubieran aprendido o entendido nada; casi todos los copian como autómatas, no son originales y se ufanan de sus lineas recicladas que solo son lastres sintácticos sin fuerza, rémoras incrustadas sin duendes, sin demiurgos, sin caballeros andantes con la locura como corona de la cordura. 
Lo dulce tiene un sabor amargo, que empalaga, que fastidia. Ya nada de lo que leo o escucho me eriza la piel, ni me hace pensar, ni me anima a intentar cometer poesía. Creo que estoy muerto y mis átomos no se han desprendido porque no saben a dónde ir. He vivido tan horrible, tan aburrido que no sé como desparramarme. Debería meterme un taco de dinamita por el culo para estallar como un Big-bang, y  así poder crear mi nuevo universo de pura mierda...

sábado, 13 de agosto de 2016

Otras ganas

(Foto:Passofinno)

Más que unas ganas de escrbir, es una imperiosa necesidad de hacerlo, es como la urgencia incontrolable de ir al baño, o de comer, o de hacer el amor, o de dormir. Pero peleo contra esa necesidad, no quiero que me domine, no quiero que me obligue. Mas, definitivamente me vence; aliada con el tiempo apabullan mi pereza intelectual.
Busco otras ganas que esten libres de todas estas necesidades, que me hagan sentir la dualidad de amar lo que hago, mientras lo odio por hacerlo.
Escribir es bueno cuando tengo a la loca de la casa apoderada de mí, de mi sentir, de mis pensamientos de mis sueños; poque me invita a su juego de palabras, es como si me las dictara a través de un eidilon, y fluyen en medio de mis asombros sin que yo tenga idea de adónde me llevan, simplemente el Panta rei es la nave donde navego con ellas. Hasta ahí es bueno, sin importar el destino que se va creando en medio de los renglones e incluso debajo de ellos. Las entrelíneas casi nadie las lee, pero están ahí enfrentando el intelecto del lector y otras veces burlándose de ellos. Lo malo de escribir es que se va apoderando de todo, todo empieza a crearse de la nada, hay mucho ruido al construir y el cansancio y la fatiga llegan de inmediato.
Detesto esas ordenes cerebrales de los númenes que son como látigos para esclavos, ahí es cuando me rebelo y dejo todo empezado, no quiero voces en mi mente, ni alter egos queriendo rebelarse y brotar como locos de mis celdas de la memoria... Nunca termino nada de lo que comienzo, como ahora lo hago nuevamente con este intento de no sé qué...