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viernes, 18 de mayo de 2012

Relatos de un difunto. II ( Cont...)

(Dibujo y letra: Passofinno)

De pronto el camión que nos llevaba se detuvo al borde de la calzada. Había tres cruces, dos eran mal hechas con matarratón, sin señas y con enredaderas. La otra, tallada en piedra con nombre extranjero al que le habían rayado -tal vez con rabia o desespero- algunas letras sin lograr borrarlas. Sentí pesar.

No se que tiempo pasó desde aquél momento al salir del antro de mis angustias, el tiempo voló como polvo en el viento, sin detenerse como siempre. En su trascurrir, entre las rendijas de la carrocería, fui contemplando los asombrosos paisajes, la dicha enorme de recrearlos ante mis ojos me tenían sonámbulo.

Titánicas montañas se desplazaban a lado y lado del camino, como queriendo alcanzar con sus cimas y rascar con sus picos el azul. Veía las nubes atiborradas que las abrazaban y besaban en un juego continuo de pasión, parecía una orgía sagrada, pues unas nubes se iban y otras venían como novias alborotadas de pueblo. Nada podían hacer las infieles montañas para retener alguna si así lo hubiesen deseado; a las que osaban pasar, tenían que complacerlas.

Delicias fue descubrir los tímidos destellos de luz, que se escondían por cada grieta. me extasié hasta el clímax con cada sombra que amenazaba lluvia, la soledad de lo infinito pincelaba sus matices; aunque no se viera, el trono de Dios estaba allí...comprendí que la vida es linda a pesar de las desdichas, que el paraíso y el infierno solo existen en la conciencia de cada ser...

Vi también pasar una bandada de golondrinas que me llamó mucho la atención por su habilidad al volar, me recordaron al cuarto pelotón, solo la diferencia entre ellas y el, era que las golondrinas sabían a donde iban y nosotros no. Mi teniente no lo ignoraba, por orden y cautela no lo había revelado a sus soldados, pero con que él lo supiese bastaba, nosotros estábamos dispuestos a seguirlo hasta las mismas tripas de la tierra si era preciso.


Un ave rara y gigante pasó persiguiéndolas en la misma dirección, parecía un pterosaurio o un pájaro de las tormentas, fue muy veloz para averiguarlo, no era buen presagio, esa clase de animal solo existe en la memoria del pasado. Miré a todos mis compañeros para saber si también la habían visto, sólo uno me miraba fijamente con el temblor del desierto, era el guajiro que se echaba la bendición y rezaba con los labios una oración wayúu.

-Arena, sol y viento- me pareció escuchar.

Ese perfume, mixtura de flores silvestres, hierba fresca, monte rebelde, campo abierto, selva... mi selva.
Ese aroma que llegaba cual encomienda directa a la petición de mi olfato; no quería que se fuera, como no quería que aquél día de destino incierto hubiese cumplido su cita con el tiempo. Pero, pedirlo era un sacrilegio, que más podía pedir si mis deseos se estaban cumpliendo: poder ver, sentir, oler mi tierra fértil, la que no defrauda las manos callosas del que la trabaja, la que alimenta las bocas hasta saciarlas, la que ahora me aspiraba en un suspiro.
Con razón alguien que levantó un plantío de una hipérbole, dijo una vez en mi pueblo que sembró un huevo y le brotó un árbol de gallinas... pedir más ese día, hubiera sido gula.

(Continuara)