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¡Mi Papá me va a enloquecer!


Definitivamente no volveré a casa de mi Papá, ayer lo llamé y se lo dije:
-¡Mirá apá! yo sé que de pronto te va a molestar lo que te voy a decir, pero debes saber que esta vez estoy decidido a no volver. La verdad es que no aguanto más tanto reblujo, tanto desorden... ¡Uf! me vas a enloquecer, por eso no extrañes si no me vuelves a ver por tu casa-

No me dijo nada, estaba al otro lado del auricular, pero no me dijo ni mú. 
De seguro fue otra de sus estrategias para hacerme cambiar de idea. Siempre le han funcionado. Se queda en silencio, no habla. A mí me da intriga, me asalta la duda y voy de inmediato a ver que pasa... Se sale con la suya. Claro que... Tal vez puede ser que está jugando con su hermano al ajedrez.

Cuando juega al ajedrez no escucha a nadie, solo atiende al sonido de la ficha cuando toca la madera del tablero. Si  de pronto, contesta al teléfono, o se toma un café, o hace cualquier otro ademán; lo hace todo por inercia, como si estuviera sonámbulo. No quita la mirada y la mente de ese bendito tablero a cuadros. Esa batalla de caballos, reinas y peones son su debilidad y su fortaleza y perder no está anotado en su agenda.
De todas maneras, sea lo que sea que se le haya ocurrido esta vez detrás de la línea...¡No volveré! es un hecho y no hay retroceso. Mi Padre se quedará esperándome (¿ ?) 

Y, es que en verdad ya no aguanto más tantas sorpresas, y mucho menos las acompañadas con sustos.
Desde hace un mes para acá; a él y a sus amigotes les dio por jugar Monopolio con billetes de verdad. Se la pasan días enteros -con sus noches completas- comprando: casas, hoteles, fincas; vendiendo de todo: calles, avenidas, parques; parecen niños chiquitos con sus ambiciones de viejos. Se conocen todos los secretos para ser ricos y cuando los cuentan nunca se los explican a nadie; dicen que son simples, sencillos y nada más.
A veces creo que se desilusionan de sus riquezas, pues cuando se antojan de algo, al instante se dan cuenta que ya lo tienen; otros, más despistados, se repiten sus cajas de dientes y sus amantes. Parece que ya no soñaran, el futuro no les interesa, dicen que es igual a un billete de lotería: ¡La esperanza del pobre! Pero, el presente si lo viven intensamente alargando los segundos, exprimiendo los sudores de los explotados y despertando envidias en los demás. Como dicen por ahí: "La envidia es mejor despertarla que sentirla", y en esto, ellos son los expertos.

Mi papá casi siempre les gana, él tiene sus trucos y sus mañas, cree en la buena suerte desde que la puso a trabajar para él. En cuestión de negocios es más áspero que papel de lija pero eso sí, su palabra es sagrada como lo es su firma, tiene validez, así la estampe en un trozo de papel higiénico o en un pedazo de servilleta.

Yo siempre hago fuerza para que no gane, pues es ahí cuando empiezan mis dolores: Me pone a sumar el dinero y a mí se me cortan los dedos de tanto contar billetes nuevos, porque los billetes viejos no los acepta, dice que esos tienen bacterias, estafilococos; ensucian las manos, las ponen a oler feo. En verdad les tiene fobia. Casi por lo regular me pide que los queme, los haga picadillos o los eché al río. Yo le digo que no, que mejor se los regalemos a los pobres y él me dice que no, que él los quiere mucho (a los pobres) para hacerles ese daño; que es por ellos que los ricos existen, que si se les da mucho dinero se vuelven perezosos, irresponsables, verdugos y borrachos. Los pobres se enloquecen con la plata, se convierten en carangas resucitadas que pican muy duro. Por eso es que los pobres son pobres y deben seguir siéndolo, el dinero no los quiere, los billetes huyen de sus bolsillos y se disfrazan de chucherías y garabatos superfluos. ¿Qué sería de este mundo sin los pobres? De seguro se acabarían las buenas ideas en la publicidad y la creatividad en ella para poder estafarlos, el ingenio solo serviría  para recordar su ingenuidad y, el engaño perdería a sus mas fieles y crédulos clientes. Definitivamente la naturaleza y el destino son muy sabios, si los pobres dejaran de ser pobres, los ricos volverían a inventarlos.

No me queda más remedio que hacerle caso a mi papá, si él lo dice, así debe ser, su filosofía viene de lo vivido y no de lo leido; hasta ya, me hace falta quemarlos. De tanto hacerlo creo que me estoy volviendo pirómano. Además, con solo ver el como arden esos colores fucsias-castaños, verdes-anaranjados de los euros al fuego que como auras rodean las muecas distorsionadas que me hacen al quemarse Washington, Franklin, Jefferson revolcándose en los dólares, me parecen fascinantes y graciosas, es como si me quisieran decir algo; pedir clemencia, piedad a mi disimulada venganza... ¿O será que se burlan de mí ?... huummm... eso no lo había pensado... Mejor que no sea así, porque de serlo, es mejor que se atengan a las consecuencias: en la próxima quema -si vuelvo- sus muecas se las haré pedazos, porque de mi nadie se burla y mucho menos esos Yankees hijos de puta ¡Gringos go home!
Claro que estas cosas de sumar, restar, quemar, picar, contar, botar son baladíes, son lo de menos. Lo que en verdad me llenó la taza y estoy hasta la coronilla son otras las causas.
Mi queja y renuncia a no volver a la casa de mi papá es mas que justificada, pues el reblujo y el desorden en su hogar son impresionantes: hay billetes por todas partes, el lujo marea y los enchapes en oro brillan demasiado, estoy seguro que esa es la causa de mi presbicia.

Hace una semana casi me trunco un pie cuando tropecé con una caja llena de dólares, y, como esa caja hay muchas más por todos los rincones, como también pilas de lingotes de oro y plata que parecen hundirse en los pisos de mármol ¡Que peligrosos son! el mármol frío y resbaladizo, los lingotes pesados y los dólares  estorbando por todas partes ¡que atropello Señor! ¡parecen trampas para cazar zánganos!

Mi papá es demasiado caprichoso, los euros y los pesos no los empaca en cajas, solo lo hace con los dólares y por ahí derecho les rocía talco y cal para que no les dé lama (como que también son viciosos al polvo blanco los verdes, sino se les echa se enferman y se pudren, contrario a lo que les pasa a los humanos)
A los euros, libras y pesos los deja regados por el suelo porque ya no caben en los cajones de los closets, ni debajo los colchones de las camas, menos en las estanterías y en los armarios; las cajas fuertes están al tope,  y a los bancos les dio por no recibirle más, dicen que están saturados ¡Qué dolor de cabeza, Dios mío! con decir que no aguanto el malestar en la espalda de agacharme a recoger billetes del suelo ¡me dio lumbago! Hasta las muchachas del servicio se quejan de tanto hacerlo, todo el santo día se la pasan cojan que recojan, no aguantan el trote más de tres días, se hastían y renuncian y tenemos que estar a todo momento contratando otras nuevas...

¡Mi Papá me está volviendo loco, me va a enloquecer! ¡Sí, es verdad, estoy que tiro la toalla! Cada vez que voy a su casa me llena los bolsillos de billetes, hasta en las medias me los mete. Inunda dos o tres bolsas o tulas con ellos y si no me los llevo le da rabia, ira de la mala, ¡se enoja!... tengo que llevármelos.
Hay veces que se me ocurre dejarlas en algún portón de cualquier casa, toco el timbre y salgo corriendo como traviesamente lo hacía cuando niño, es que en verdad esas tulas pesan demasiado y yo no quiero también que mi casa se invada de dinero -aunque evitarlo no pueda- porque cuando no voy, él viene y me las trae multiplicadas en su Ford Explorer... ¡ay hombé!... por eso es que yo no voy en carro a visitarlo, si lo hago; lo carga hasta el capacete de ese estiércol del demonio.

Hoy es 23 de Abril, día del Idioma. A mí me gusta llamarlo: "Día de los Libros", suena más bonito, aunque idioma y libros sean sinónimos y hablen el mismo lenguaje, pero me gusta más decir: "Día de los Libros" 

Sé que mi Papá vendrá hoy y usará una más de sus artimañas para convencerme; él es capaz de convencer a una monja a fornicar y a un indio a ser agradecido. Es demasiado persuasivo, sabe que me encantan los libros, es el único papel que no pico, ni boto, ni quemo. Él cuenta que siendo yo un bebe, no los dejaba dormir con mis berrinches. Mi madre, tan sabia ella, conocía mis resabios. Iba a la biblioteca, escogía un libro, me mostraba la portada, abría las páginas y me ponía a olerlas... de inmediato se calmaban mis llantos, y las pataletas tenían su tate quieto. El olor a bosques siempre me hechiza, la magia de los libros me arrulla, y la savia de sus hojas fue mi leche materna.

Hoy llegará mi Papá y su regalo será un libro, pero estoy preocupado, él es muy exagerado. No hace un año preciso, ocurrió algo parecido a lo que me estoy quejando hoy:
Yo me le ranché a no volver más y él vino en son de desagravios con un contenedor en un camión lleno de libros. Libros de toda clase, de lo habido y por haber: Épicos, novelas, de guerra, romances, poesía, historia, biografías, de auto ayuda, enciclopedias, recetas de remedios y cocina, ovnis, brujerías, conjuros y rezos... Los de Chacaspeare, los de el Manco, a Dantico, el del cuervo, el divino Marqués, el que ama el amor de los marineros, los suicidas, los malditos, los del ciego Argentino y del otro ciego antiguo, a Sor enamorada, el asqueroso insecto, el ilustre desconocido, los metidos que no faltan... ¡Todos me saludaban con sus prólogos en alto invitándome a leerlos! Incluso, llegaron con ellos, una copia exacta de 75 kilos de peso, 624 páginas, del Codex Gigas, la Biblia del Diablo, y unas réplicas en arcilla de las 12 tablillas del poema de Gilgamesh...
Aún está en mi jardín el contenedor. Esta clase de visitas son de las largas y adentro de mi casa no hubo cama pa´tanta gente. Mi esposa se queja todos los días porque paso más tiempo en el contenedor que con ella. Hasta tiene pesadillas en las noches, dice que escucha gritar a un loco llamando a una tal Dulcinea y le ha visto arrastrando una pesada armadura de caballería por los pasillos de la casa. Lo bonito de todo esto es que ella sabe que a pesar de todos los males que me aquejan, éste es el mejor de ellos, porque esa es mi naturaleza...

¡Ding-dong, Ding-dong!

Ése debe ser mi Papá.
Me asomo por la ventana, no veo bolsas, ni cajas, tampoco otro contenedor; vino solo y caminando -y como lo adiviné y lo quise hoy- con un libro en la mano.
Le abro, me saluda -¡Hola ,que tal!--Hola- se sonríe, me sonrio, estira la mano, me entrega su regalo.
Me parece estar viendo un lindo dèja vú... "Graecum est; non potest legi".

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