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Carambolo

(Dibujo: Passofinno)

Era un ábrete Sésamo en todo su esplendor, con solo mirar, la imaginación jugaba al conquistador:
Una pluma de avestruz con sus barbas de igual tamaño, en filigrana de oro con un diamante azul como plumilla en el cálamo, y en el raquis escrito el nombre de Maat.
Una jarra de alabastro con las vísceras y los órganos de un antiguo difunto, su color pálido muerto seguía intacto.
Un pabellón de electro en miniatura, que al tocar hace sonar misteriosamente los acordes de una sambuca.
Dos brazaletes dorados con incrustaciones de turquesa que forman una espiral con cabeza y cola de cobra.
Una cadena doble de oro rosado, con cierre decorado en esmeraldas y ocho sellos giratorios que la ciñen.
Un escarabeo que lleva en su laspislázuli un pedacito de cielo.
Siete perlas negras, matizadas con el brillo tenue del inframundo, fijas en el centro de un ostracon tallado en piedra caliza de Tura.
Un gato egipcio, frontal policromado, labrado simétricamente en basalto y atento siempre a la escucha. Tiene incrustado como iris en sus ojos, dos óvalos de ámbar.
Un anacrónico caballo de pasofino, labrado en mármol por un genio; y, otros objetos, como: horquillas de marfil, cuencos de obsidiana llenos de gemas preciosas, lámparas de aceite, varios vasos canopos con agua bendita del sagrado Nilo, una esfinge en platino, amuletos en ópalo y jade, tres cálices de ónice, el libro de los muertos escrito en un papiro con sus conjuros y hechizos...
Haber logrado adquirir esas piezas debió ser hasta temerario. Dicen, que el que lo hizo fue un güaquero que desmoronó media montaña para hallrlo, arriesgando piel y pedazo en cada intento al tratar de sacar de las entrañas el secreto. Tampoco fue fácil conservar una colección tan valiosa a la vista de cualquier vecino, pues estas alhajas se encontraban en un armario arriba del bufete; donde, el que llegaba se encontraba de frente con los misterios de toda una historia. La ambición y la avaricia se dibujaban de inmediato en los ojos de la envidia, no eran pocos los que deseaban -aunque fuera- una sola de esas joyas. Por sus mentes pasaban toda clase de planes y artimañas, solo una cosa los detenía, y era la maldición que protegía de todo caco el tesoro de Carambolo.
La tentación no la controla ni la carne, con el tiempo, uno a uno fueron desapareciendo casi todos los objetos. La codicia fabrica ladrones que no perciben las consecuencias.
El que se robó la jarra anda como un zombi. La pluma de Maat fue despojada por quien se la llevó con el escarabeo, ya está en el averno. La que se adueñó de la cadena, con ella misma se ahorcó en un accidente. El que sustrajo el caballo se convirtió en uno, pero de carreras, corre y corre sin descanso. Y, así, por igual, cada uno tuvo del anatema su condena... Solo falta el gato...
-¡Míau!-




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