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Con pasos de ladrón

(Foto: Passofinno)
Con pasos de ladrón
Ella se acercó, con suaves pasos de ladrón pero sin la mala intención que siempre llevan ellos. Yo no me percaté hasta después de escuchar una tímida tosecita, como si algún intento de palabra hubiera querido salir de una boca y su lengua lo impidiera. Estaba sentada a la izquierda en la misma banca donde hace más de un año estuve viviendo la realidad de una fantasía.
La mire y me sonrío, yo le devolví casi sin ganas una sonrisa de cortesía. Al principio, cuando la sentí  cerca, me emocioné pensando que la de mis sueños había vuelto al sitio donde fuimos felices por un instante, en un reflejo hasta se me pareció a ella y el corazón latió sobresaltado, como cuando una epifanía nos despierta de un letargo espiritual… Por eso mi sonrisa -con la que me regalaba cordialmente la suya- no fue tan emotiva al comprender, que no era ella, la que una noche en ese parque, estaba ahí sentada conmigo.
Quise hablarle a la desconocida sonriente, estaba a dos brazos extendidos; tuve la intención de provocar una corriente de palabras y quizás así olvidar por un momento ese recuerdo que me trajo nuevamente a ese lugar -pero esta vez solo- sin la que se fue esa noche diciendo “Adiós” en un “No, por favor”…
Pero más pudo mi desánimo, volví a meterme en la botella de náufrago tapándola con el corcho de mis pensamientos.
-Señor- Me dijo la bella sonriente, interrumpiendo un beso en mi recuerdo, uno de esos tantos besos que nos dimos hace un año ¿Lo recuerdas?
-Señor, disculpe- Insistió la nueva vecina de banca. 
-Perdón- Le dije por lo distraído y no haberle contestado antes.
-¿Me dejaría Usted tomarle una foto?- Me lo pidió sin rubor pero con amabilidad, casi que con coquetería. La verdad, al que le dio rubor fue a mí, sentí que mi rostro se encendió y la timidez que tanto me caracteriza se apoderó de mí como un tirano. Todos mis pensamientos se sobresaltaron, huyeron a los recovecos de mi mente donde muchas veces van a dormir. Las palabras no me salían, se atropellaron tanto en mi boca que se devolvían como para coger impulso, y al llegar nuevamente a los labios se detenían… Ella, la de los pasos de ladrón, se sonrío más al ver mi torpeza que tontamente no podía disimular.
Ágilmente, como si fuera un ángel de la guarda se fue acercando y me dijo suavemente que tranquilo, que ella no hacía daño, que solo deseaba tomarme una foto porque desde hacía un buen rato me observaba y le recordó mi figura -con esa extraña tristeza- a la escultura de un ilustre, sentado en una banca de un parque en Barcelona. Y fue por eso que no se pudo contener y se acercó, animándose a pedir este favor, pero que si con ello me molestaba ella entendería, y que de antemano la disculpara por lo atrevida… 
-No, claro que no me molesta, en ningún momento me le negaría a una mujer a cumplir sus deseos- Pude decirle sin que se enredaran las frases, sin temblor en la voz, hasta me asusté con el buen tono y lo romántico que se lo expresé.
Sacó su celular de la nada, igual, a como hacen los magos cuando aparecen conejos blancos de las copas de los sombreros; a propósito, ¿Por qué nunca son conejos negros?... El hecho es que lo de los conejos dejémoslo pendiente para no distraernos de lo que hoy concierne. 
No tomó una, ni dos, fueron varias las fotos, y en cada una de ellas me dirigía como si yo fuera un modelo y ella una fotógrafa profesional: Que no cierre los ojos, déjelos entrecerrados, que levante el mentón que lo vuelva a bajar, sin sonreír por favor, que intente llorar para que se le agüen los ojos, que siga pensando en lo que pensaba antes, así, eso es, ponga la mirada de ternero huérfano, ahora la del bobo enamorado, así, ya, que bien, muy bien, ¡excelente señor!... Me dio un beso… un beso en los labios, breve, de agradecimiento o emoción o no sé qué diablos… ¡Diantres!
Yo ya no sabía si lo que estaba pasando era parte de mis pensamientos, o que de pronto estaba dormido y soñando en esa banca del parque, porque todo empezó a parecer más extraño de lo normal, si es que a una situación así se le puede llamar normal. 
Después de tomar las fotos me invitó a un café, que por favor le aceptará la invitación y que ahí me trataría de explicar el porqué de ese impulso y de ese otro arrebato al que llaman felicidad, el tal beso fugaz.
Le acepté la invitación, pero le puse dos condiciones: La primera que yo pagaría todo lo que se consumiera, el café, el menú si le apetecía y hasta los tragos -¿Y cuál es la segunda?- me preguntó con cierta picardía y prevención, a lo que le dije que debía esperar para levantarme ya que aquella posición y tanta confusión me habían regalado un calambre en un pie. Mi respuesta a su inquietud la tranquilizo, vio que no había mala intención, ni propuestas indecentes y se sonrió, esta vez con más ganas que la vez anterior.

La noche estaba fría, el viento intentaba golpear con fuerza, pero de inmediato, en un rifirrafe se tornaba en calma. Parecía un corcel brioso, pero que entre galope y galope se agitaba nervioso queriendo tumbar al jinete. Así empecé a sentirme, quería devolverme, salir de esa situación. La confusión y los nervios quisieron apoderarse de mis sentidos, pero acudí a mis alter egos que son tan sabios ante situaciones como estas, y del más allá de la imaginación me inspiraron la confianza para manejar esta nueva realidad como bien hacen con mis fantasías.

Nota:
Esta historia pronto continuará, después de tomarnos ese café, o muy después si terminamos bebiéndonos unos tragos... y nos vamos... a bailar... y tal vez a... ¡Qué se yo!... a caminar "Por la calle Santa Fe, a ella le gusta una rosa a mí me gusta un clavel ¡Ding dong! anda rondando el amor..."

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