Ir al contenido principal

Sin nada.

Cuando es el dolor la voz del alma y la tristeza la cara de ella; hay un grito hondo, que ensordece el espíritu.
Así estoy, hoy; con ese grito silencioso en el interior, destrozando las venas de la conciencia, rasgando a retazos sin compasión la sutil áurea de mi alrededor .
¡No deseo nada! la desilusión es mi dueña, le entrego todo, para que luchar si el destino es más fuerte que yo.
Quisé dar un paso alto y olvidé que mis pies no tenían alas. Caí al vacío, en ese fondo que experimenta el culpable cuando le sentencian condena.
De la esperanza no quiero dudar, eso me consuela; lo malo es que tampoco deseo creer en ella, eso me desespera. Pero, es un desespero sin tormenta, de truenos secos, es como un mar de aguas quietas, así, sin vida, sin sal, verdinegro; que se estanca, sin drenaje, que se pudre igual como se pudren los frutos que del árbol caen.
Hay veces o casi siempre,  envidío a los suicídas; parece que ellos no dudaron y si lo hicieron no fue por más tiempo que nosotros; de un tajo, así, sin rodeos, cortaron su aliento sin necesidad de escribir tantas pendejadas como estas que estoy escribiendo hoy.

Comentarios

  1. El reloj marca las horas cada mañana;
    el calendario lleva la cuenta del tiempo;
    el horario marca entradas y salidas;
    el sol anuncia nuevos días...

    Se me olvidó contar. No me gustan los números
    ni uno ni dos ni tres.

    Aprendí a aferrarme a un sueño mudo
    sin palabras.

    Si no lo hago, me derrumbo.
    Si no sueño, muero.
    Si no sueño, vivo.
    Si despierto, me doy cuenta que no sueño.

    ¿Desespero?

    Qué pendejada!

    No se puede escuchar al silencio
    mientras se habla.
    La mirada esquiva al alma esperando tres palabras.

    Sin nada.

    ResponderEliminar
  2. ¡Con todo !
    Fuego , fuerza , rebeldía ,gritos , ecos ...
    ¿ Sin nada ?....
    ¡ Con todo !

    ResponderEliminar

Publicar un comentario

Entradas más populares de este blog

Haz que suene la campana, quiero verme en tus ojos...

(Dibujo: Passofinno)
Era tanto el deseo de verte que no esperé a que hicieran sonar la campana. Yo mismo me escabullí sin que el profesor, ni alguno de los alumnos del salón de clases se percataran de mi salida. Corrí ansioso al lugar del toque, y sin pensarlo dos veces jale el cordón con tanta fuerza que se desprendió el badajo de la campana, cayendo tan estrepitosamente desde el segundo piso que por poco no le reventó en la cabeza al rector. Igual, tan veloz como llegué, huí de ahí; por fortuna nadie se dió cuenta que fue mi amor por ti el que produjo tanto escándalo, y ese solo fue el primero de los muchos que habrían de llegar... Desde ese día nadie la volvió a tocar, el tilín - tilán que anunciaba la hora del recreo o de la salida, no volvió a sonar.  Creo que fue cosa de las directivas del colegio, el que resolvieron que sería un peligro volver a instalar el badajo y se pudiera presentar otro accidente donde no se tuviera la misma suerte y pudiese salir alguien herido o quizás -…

El sábado en la noche

(Dibujo: Passofinno)
Siempre son la mismas palabras, todas hablan del sol de la luna, de los vientos, del mar o las estrellas. Todas están curtidas por el tiempo, la pátina se ha cansado de pintarlas, parecen desgarbadas, su sonido ya no es igual es atonal, de ecos vacíos, porosos con zumbidos que al leer resecan la boca y rajan los labios. Palabras gastadas que se acomodan como los zapatos viejos que ya no tienen suelas y se les entran las aguas y las piedras, toda la arena al caminar porque están rotas, como están rotos los sentimientos, los corazones que laten de ira, sin más emociones que su odio y su envidia.

Hay que empezar a hablar con la lengua afuera como lo hacen los perros cuando tienen sed, cuando dicen que están cansados, que no los jodan más. Hay que empezar a hablar como lo hacen los gatos, con maullidos, y ronroneos cuando están enamorados, todo lo quieren ya y se les da. Hay que empezar a hablar como lo hacen los ruiseñores que cuando trinan sus cantos en la mañana se…

No, por favor

("Un adiós")
Fue un ruego en un susurro. Sus labios en mis labios, por cada beso dejaban escapar un rumor: -No, por favor- le escuchaba sin hacerle caso, mi amor era más fuerte que la razón… Le besaba tan apasionado, que a pesar de sus ruegos no se resistía. Solo pronunciaba esas palabras -No, Por favor- como una oración ante un pecado sagrado. Ella, como yo, nos amamos; pero nos dijimos adiós. Su adiós fue anunciado, decidido; el mío en contra de la voluntad. Esa noche, iba a ser la gran noche, por tanto tiempo el día esperado. Subimos al alto de la colina, no hubo obstáculos, el camino estuvo despejado, y al llegar a la cima ella tuvo frío, temblaba un poco, se abrigó para entrar en calor. El viento estaba generoso porque a pesar de su fuerza, nos acariciaba. Digamos que era una brisa fresca que invitaba a que estuviéramos abrazados mientras nos besábamos. Hubo momentos de silencio a cada intervalo cuando mirábamos la ciudad, nuestra ciudad. Yo quería adivinar su pensamiento …